La expropiación de la identidad. “Cuando la cultura deja de ser cultura”
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La dominación de un país no comienza cuando se imponen leyes injustas. Comienza cuando se moldea la forma en que ese país se percibe a sí mismo.
Venezuela no solo ha sido atravesada por una crisis política, económica e institucional. Ha sido intervenida —de manera progresiva y sostenida— en su identidad simbólica. Y eso no es un accidente. Es una estrategia.
Durante años se ha hablado de control institucional, persecución política y crisis económica. Pero hay un frente menos visible, más profundo y más eficaz: la captura de la cultura, de los símbolos y de los referentes emocionales del pueblo.
Porque un poder que no logra legitimidad en lo político, la busca en lo simbólico.
Y ahí comienza la operación.
I. EL PUNTO DE QUIEBRE: CUANDO LA CULTURA DEJA DE SER CULTURA
Esta reflexión no nace de la teoría, sino de la herida.
Nace al ver cómo referentes que alguna vez representaron la rebeldía, la ruptura y el pensamiento crítico en la escena punk y rock venezolana terminaron arrastrándose —directa o indirectamente— hacia espacios asociados al poder político y militar del país, recibiendo condecoraciones del narcoministro de la Defensa, Padrino López, y dejándose “morder”, con evidente agrado y complicidad, en gestos de cercanía con el therian, narco gobernador del Estado Carabobo, Rafael Lacava, quien ha construido toda una estética política alrededor de la figura del murciélago como identidad performativa de poder, entre el disfraz, el branding institucional y la caricatura del mando.
Todo ello en una dinámica oportunista de conveniencia y alineación institucional, contraponiéndose a cualquier vestigio del espíritu crítico que alguna vez los proyectó más allá del underground del que surgieron.
Nace también al observar cómo figuras del deporte más popular del país, el béisbol —ídolos construidos durante décadas de admiración colectiva— han sido vistos en apariciones públicas junto a actores del poder narcoestatal, generando interpretaciones encontradas dentro de la sociedad venezolana.
Nace al ver cómo músicos directores de orquesta, académicos y gestores culturales —incluyendo figuras asociadas a proyectos de alto prestigio internacional como “El Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela”— han defendido su participación en espacios oficiales bajo la premisa de “preservar el proyecto”, incluso cuando dicho involucramiento es leído por sectores críticos como una forma de normalización del poder.
Y en ese mismo espejo aparece la pregunta incómoda:
¿En qué momento la cultura dejó de cuestionar y empezó a alcahuetear para justificar?
II. DE ABREU A FIGUEROA: EL CAMBIO DE LÓGICA
Como lo señala el artículo, escrito por José Carlos Gómez, De Abreu a Figueroa: la cultura como botín y publicado en este mismo blog, hubo un tiempo en el que la cultura en Venezuela estaba dirigida por personas que, al menos, comprendían su campo. Luego, progresivamente, el criterio comenzó a ser sustituido por la lealtad.
Lo que antes era trayectoria pasó a ser alineación. Lo que antes era obra pasó a ser obediencia.
No se trata de nostalgia. Se trata de estructura.
Porque cuando la gestión cultural deja de responder a la pregunta “¿qué sabe hacer esta persona?”, y pasa a responder “¿qué tan útil es para el relato?”, la cultura deja de ser cultura. Se convierte en administración de símbolos.
III. LA EXPROPIACIÓN PROGRESIVA DE LOS REFERENTES
El mecanismo es más sofisticado que la censura directa.
No elimina a los referentes. Los incorpora. No destruye los símbolos. Los reprograma. Primero ocurre en la cultura: el artista deja de ser voz y pasa a ser canal. Luego en la música: la rebeldía se convierte en estética utilizable. Después en el deporte: los ídolos populares son absorbidos como dispositivos de legitimación emocional. Finalmente, en la academia y la gestión cultural: el discurso crítico es reencuadrado como “colaboración institucional”.
El resultado es una arquitectura coherente: Un sistema donde la visibilidad sustituye a la verdad.
IV. EL FANATISMO COMO PUNTO CIEGO
La operación se completa en el público.
Porque no basta con capturar al referente. Hay que capturar también la reacción del fan. Muchos no defienden ideas. Defienden figuras. Y en ese acto, terminan justificando comportamientos que contradicen los valores por los cuales esas mismas figuras fueron inicialmente admiradas. Ahí ocurre la inversión total: la crítica se convierte en lealtad emocional y la lealtad emocional sustituye el juicio crítico.
V. EL CASO CULTURAL: DEL PUNK A LA INSTITUCIÓN
Lo más inquietante no es la existencia del poder. Es su capacidad de absorber aquello que nació para cuestionarlo.
Cuando escenas históricamente contestatarias —como el punk o el rock— terminan integradas en circuitos oficiales o simbólicamente legitimados, no solo pierden filo: son expropiadas.
La rebeldía sin pensamiento crítico deja de ser ruptura y se convierte en cómplice del sistema que antes pretendía cuestionar.
VI. EL CASO DEPORTIVO: EL ÍDOLO COMO PUENTE EMOCIONAL
El deporte ocupa un lugar aún más sensible. Porque no es solo cultura: es identidad colectiva.
En ese espacio, la presencia de figuras emblemáticas del béisbol venezolano en entornos asociados al poder político de la narcotiranía ha sido leída por distintos sectores como un lubricante en su intento de suavizar tensiones sociales, utilizando la fuerza emocional del ídolo popular como recurso de legitimación simbólica frente a los abusos y atropellos del aparato de poder.
El ídolo no necesita hablar. Basta con su presencia. Su imagen funciona como puente emocional entre un país fracturado y un poder en disputa simbólica constante.
VII. EL CASO INSTITUCIONAL: CULTURA COMO ADMINISTRACIÓN
En paralelo, la gestión cultural se ha ido desplazando hacia una lógica donde lo determinante no es el criterio, sino la alineación.
De Abreu a Figueroa —como metáfora de una transición más amplia— no hay solo un cambio de nombres, sino un cambio de lógica: de la cultura como proyecto a la cultura como estructura administrada.
VIII. CONCLUSIÓN: LA DOMINACIÓN SIN IMPOSICIÓN
La dominación total no necesita violencia permanente. No necesita censura absoluta. No necesita silencio total.
Le basta con algo más eficiente: ruido controlado. Le bastan referentes funcionales. Le bastan narrativas emocionalmente aceptables. Le basta con una sociedad que, por identificación afectiva, decide no cuestionar.
Por eso el problema no son las personas. Es el sistema que las vuelve funcionales. Porque las figuras pasan. El mecanismo permanece. Y cuando ese mecanismo deja de ser reconocido, deja de ser resistido.
EPÍLOGO
Cuando la cultura de resistencia se extingue y la cultura de adaptación ocupa su lugar, la dominación ya no requiere violencia para sostenerse: se instala como costumbre. Ese es el punto donde una sociedad deja de resistir y comienza a habitar su propia sumisión sin reconocerla.
Por Roger Francisco Nunez Gamboa