El blanqueo cultural de la dictadura
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Una dictadura no se sostiene solo con represión. Se sostiene también con aplausos. Con premios. Con tarimas. Con fotos. Con artistas que prestan su prestigio para que el poder parezca otra cosa de lo que es.
El régimen de Nicolás Maduro no tiene legitimidad democrática, no tiene resultados económicos, no tiene justicia ni prosperidad que mostrar. Por eso fabrica una estética: cenas televisadas, condecoraciones, conciertos, selfies con famosos, estrellas doradas, sonrisas coreografiadas. No es cultura libre: es maquillaje político.
Y ese maquillaje no se produce solo desde el Estado. Se produce también desde quienes aceptan participar en él.
Óscar D’León cantando para gobernadores chavistas y declarándose partidario de ese sector político no es neutralidad artística: es respaldo simbólico.
Cuando una figura con su peso emocional se pone al servicio de una estructura autoritaria, convierte su música en propaganda, aunque no lo diga en la letra.
Desorden Público recibiendo una distinción del ministro de Defensa no es un premio cultural inocente.
Es aceptar la legitimación de la institución que sostiene al régimen por la fuerza. Es la imagen de una disidencia domesticada convertida en decorado del poder.
Cristóbal Jiménez, Watussi, Lloviznando, Omar Enrique, Los Cadilacs, Colina y Paul Gillman cantando con el líder o para el líder no están haciendo música “para el pueblo”: están humanizando a quien gobierna contra el pueblo. Le prestan emoción a un sistema que se mantiene por miedo.
Sean Penn y Oliver Stone, apareciendo con Maduro, no están dialogando: están prestando respetabilidad internacional a un régimen aislado. Son capital simbólico importado para lavar una imagen que no se sostiene sola.
Pedro Durán, Daniel Yegres, Guiomar Narváez, Gilberto Correa, Omar Acedo, Enrique Hernández D’Jesus y Nicky García aceptando premios del poder no están recibiendo reconocimiento: están aceptando ser archivados como parte del relato oficial. Están dejando que el Estado se presente como fuente de valor cultural.
No son criminales. No son verdugos. Pero son funcionales.
Y en una dictadura, ser funcional al poder es ser parte del problema.
Porque el arte no es neutro en contextos de abuso. El silencio no es neutro. La sonrisa no es neutra. La tarima no es neutra. La foto no es neutra.
Todo eso tiene efecto político aunque no lo quiera.
El arte debería incomodar al poder. Debería señalar, desarmar, desnudar.
Aquí hace lo contrario: adorna, suaviza, tapa, normaliza.
Eso no es censura. Eso es algo peor: domesticación.
La cultura convertida en escenografía.
La música convertida en anestesia.
El prestigio convertido en coartada.
Y mientras eso ocurra, el régimen podrá seguir diciendo: “Mírennos, somos cultura, somos arte, somos normalidad”, mientras encarcela, censura, expulsa y empobrece.
El verdadero escándalo no es que exista represión. Eso ya lo sabemos.
El verdadero escándalo es que haya tantos dispuestos a maquillarla.
Eso no es cultura libre.
Eso es blanqueo.
José Carlos Gómez