De Abreu a Figueroa: la cultura como botín
Share
Hubo un tiempo —lejano, incómodo de recordar— en el que la cultura en Venezuela la dirigían personas que entendían la cultura.
José Antonio Abreu no era un adorno institucional. Era un proyecto, una idea, una estructura. Podías estar de acuerdo o no, pero había algo innegable: sabía lo que hacía.
Ese era el estándar. Bajo, imperfecto, pero estándar al fin.
Luego llegó la revolución y decidió simplificarlo todo.
¿Gestión cultural? Demasiado complejo.
¿Trayectoria? Prescindible.
¿Criterio? Opcional.
Mucho más eficiente: cuadros políticos.
Ahí entra Miqueas Figueroa. No como anomalía, sino como síntoma. No como error, sino como modelo operativo.
Porque el problema no es Figueroa.
El problema es que Figueroa tenga sentido dentro del sistema.
Antes, la pregunta era evidente:
¿qué ha hecho en cultura?
Ahora es mucho más útil:
¿qué tan alineado está?
Y con eso basta.
La cultura deja de ser política pública y pasa a ser utilería.
El gestor desaparece y aparece el cuadro.
El Estado deja de pensar y empieza a repetir.
Lo verdaderamente notable es la coherencia del modelo.
El mismo ecosistema que produce discursos, consignas y canciones antiimperialistas puede reciclar a sus protagonistas sin fricción. Hoy son voz del relato, mañana administradores del aparato, pasado mañana cualquier otra cosa que el guion necesite.
Porque cuando el único mérito es la lealtad,
no hay contradicción que importe.
Solo hay puestos que ocupar.
Y así, sin escándalo, sin ruptura visible, el país hizo su transición real:
de un sistema donde al menos se fingía que saber importaba,
a uno donde lo importante es obedecer.
De Abreu a Figueroa no hay solo un cambio de nombres.
Hay un cambio de lógica.
Y esa lógica es devastadora:
ya no hace falta entender la cultura para dirigirla.
Basta con no cuestionarla.
José Carlos Gómez